Pestaña

domingo, 4 de octubre de 2026

Carta del Ministro provincial en la solemnidad de San Francisco

 «Y todo el que observe estas cosas, sea colmado 
en el cielo de la bendición del altísimo Padre,
y sea colmado en la tierra de la bendición de su amado Hijo con el santísimo Espíritu Paráclito
y con todas las virtudes del cielo y todos los santos. 
Y yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, vuestro siervo,
os confirmo tanto cuanto puedo, interior y exteriormente, esta bendición». 
(Test 40-41)

A los hermanos de la Provincia, a las hermanas contemplativas,
a los hermanos y hermanas de la OFS, de los movimientos juveniles franciscanos, de las hermandades y cofradías asociadas a nuestra Provincia, 
a las comunidades educativas y a todos los que os sentís atraídos por el testimonio de vida de Francisco de Asís.
 

    La solemnidad de nuestro Seráfico Padre San Francisco tiene un cariz especial este año en el que estamos celebrando los 800 años de su Pascua, un glorioso tránsito de este mundo al Padre, marcado precisamente por Aquel que dejó honda huella en su vida, ya que los diferentes encuentros con Cristo han ido modelando el corazón del Pobrecito para que fuera enteramente para Dios y para la Iglesia. No es un camino idílico, no es un alumbramiento con anestesia, sino todo un laborioso itinerario de gracia y de misericordia el que Dios realiza con su siervo Francisco, pues no lo dejó solo con sus ideales y sentimientos, sino que le fue abriendo los ojos y la mente a fin de que los sueños de caballería y honores se transformasen en una vida sin propio, limpieza de corazón y minoridad, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo y de su Santísima Madre.

    En el Testamento de Siena, Francisco sintetiza a los hermanos que Dios le dio en tres palabras su última voluntad: que se amen siempre mutuamente; que amen y observen siempre la santa pobreza; y que vivan siempre fieles y sumisos a la Santa Madre Iglesia. Estos subrayados brotan contundentes de la experiencia con la que el Señor fue sosteniendo su vida tras las huellas del Crucificado, y esos pilares requieren del compromiso, la fidelidad y la constancia para llevarlos adelante.

    Frente a sociedades masificadas en las que abunda el individualismo, donde se devalúa el valor de la persona, no respetada ni considerada en su condición profunda, siendo objeto de compraventa o trata (ahí está el drama de la migración, el de ciertos Estados y mafias que trafican con vidas…), incluso de odio y rivalidades, la experiencia de Francisco está marcada por el único Padre, el del cielo, que hermana a los hombres y que, obra de la gracia y de la misericordia, lleva a transformar lo amargo en dulzura, y a generar un movimiento donde se acoge el don del otro para vivir juntos el Evangelio. Ese don del hermano lleva a cuidar unos lazos y vínculos que en sí mismos ya son un signo evangelizador, con ese grado superior al amor de la madre a sus hijos. Así, Francisco les dice a los hermanos: «Y muestren con obras el amor que mutuamente se tienen» (RegnB XI,6), por lo que la fraternidad es lugar de acogida, de vida y bienes comunes y de indulgencia.

    Frente a la tentación de ese mundo que seduce con múltiples mensajes para provocar en el ser humano el deseo de tener y la avaricia de sacar provecho del bien ajeno, Francisco opta por la vía de la pobreza y la generosidad, pues nada nos pertenece, sino que es de Dios y, por lo tanto, la forma de vida inspirada en el Evangelio se convierte en una restitución a Dios de lo que sólo a Él corresponde. Hoy es una acción profética el no reservarse nada para sí, el abrir las puertas con lucidez y compartir, el poner lo que somos y tenemos al servicio de los demás. Cuidemos, pues, a dama pobreza, y llevemos a cabo un proceso de despojamiento total, para que estando en medio del mundo llevemos la insegura vida de los menores de la sociedad.

    Y frente a la tentación, en tiempos de Francisco y en los nuestros, de abandonar la Iglesia por la vida escandalosa de algunos sacerdotes, o la tentación, de hoy en día, de menospreciar y renegar a vivir la vida de fe, el Poverello insiste mucho en sus escritos en permanecer en la Iglesia, en honrar a los pobres e indignos sacerdotes y en cuidar las iglesias, recogiendo todo lo santo que pudiera estar tirado por los suelos. Es la experiencia que le marcó en la ermita de San Damián, cuando sintió que el mismo Cristo le hablaba y le llamaba a reparar la Iglesia. Nuestro compromiso bautismal y consagración es ser piedras vivas de la Iglesia, caminar en comunión con ella y participar en la misión evangelizadora que tiene por mandado del Señor, advirtiendo que no se trata de anunciarnos ni publicitarnos a nosotros mismos (pues no se persigue hacer prosélitos, unos de Silas, otros de Apolo…, como lamentaba San Pablo), sino que fuimos enviados al mundo «para que de palabra y con las obras deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay omnipotente sino Él» (CtaO 9).

    A lo largo de todo este Año Jubilar, en nuestras iglesias y plataformas pastorales, nos está acompañando una frase: «He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra» (2Cel 214). Damos gracias a Dios por el ejemplo radical e imponente del Seráfico Padre, pero ahora nos toca a nosotros coger el testigo y continuar la misión que el Padre de las Misericordias nos confía. Se trata, pues, de vivir, de tomar en serio nuestro compromiso y de empezar de nuevo.

    Que el espejo e intercesión del bienaventurado Francisco nos estimule a vivir apasionados la fe y la llamada recibida.

    Madrid, sede de la Curia provincial, 2 de octubre de 2026


Fdo.: Fray Joaquín Zurera Ribó, OFM

Ministro provincial