A todos los Hermanos de la Orden
A las Hermanas contemplativas de nuestra Familia
A las Hermanas de la Tercera Orden Regular y a los hermanos y hermanas vinculados a nuestra Orden.
Estimados hermanos y hermanas:
¡El Señor les dé la paz!
El centenario que estamos celebrando
Llevamos cuatro años preparándonos para esta fecha; como todos recordamos, empezamos en 2023, celebrando el Centenario de la aprobación de nuestra Regla y de la Navidad en Greccio. Al año siguiente, durante el Centenario de la impresión de las sagradas llagas, contemplamos estas singulares heridas de amor y, en 2025, nos detuvimos a meditar el Cántico del hermano Sol, descubriendo aún más la riqueza de este texto sencillo y sabio. Este año llegamos a celebrar el Tránsito, al que hemos querido llamar la Pascua de San Francisco, para subrayar que «tránsito» significa paso, es decir, Pascua, y que Francisco lo vivió en íntima unión con Cristo y con su misterio pascual.
En estos cuatro años también hemos experimentado, en todo el mundo, la grata colaboración entre los miembros de la Familia Franciscana; redescubrimos que San Francisco es precisamente el vínculo que nos une en un único carisma, y podemos decir con alegría que esta colaboración ha sido un primer y fecundo fruto de los Centenarios.
Durante los primeros meses de este año también participamos en el excepcional acto de la exposición de los restos mortales de Francisco: en esos humildes restos óseos reconocimos una vez más a aquel que decidió ser verdaderamente «menor», es decir, el más pequeño, en este mundo. Este año, también la Madre Iglesia ha querido mostrar un especial interés por toda nuestra Familia Franciscana, concediendo una indulgencia plenaria para todas nuestras iglesias, lo que hace que este Centenario sea aún más especial.
La Pascua de Francisco
Así pues, hemos llegado a celebrar la Pascua de San Francisco, esos días del 3 y 4 de octubre que marcan el momento culminante de este octavo centenario.
En nuestras celebraciones reviviremos el momento en que Francisco culminó su Pascua, es decir, su paso de este mundo al Padre. En los últimos días de su vida quiso, una vez más, seguir los pasos de Cristo, tal como lo había hecho durante toda su vida. Antes de morir, quiso escuchar el Evangelio de Juan a partir del capítulo 13, donde el episodio del lavatorio de los pies da inicio al relato de la Última Cena y de la pasión y muerte de Cristo, y quiso partir el pan para sus hermanos, a imitación de los gestos de Jesús al acercarse a su muerte. Así como Jesús oró al Padre por los suyos, Francisco encomendó a sus hermanos al Padre mediante una bendición que incluye a los hermanos que vendrían más tarde y que, por tanto, nos alcanza también a nosotros. Por último, al igual que Cristo murió desnudo en la cruz, Francisco quiso ser depositado sobre la tierra, despojado de todo. Así fue como quiso convertir su propia muerte en una Pascua, como la de Jesús.
Ese mismo deseo de conformarse a Cristo y a su misterio pascual había marcado toda la vida de Francisco: comenzó encontrándose con los leprosos, donde «la amargura que se transforma en dulzura de ánimo y de cuerpo» (Test 3) remite precisamente a la experiencia pascual de la muerte que da vida. Otro paso importante fue el «don de los hermanos» (Test 14), que llevó a Francisco a experimentar, sin duda, la alegría de la fraternidad, así como las duras dificultades de la propia vida fraterna, las cuales se fueron acentuando con el paso de los años en una sucesión de muertes y renacimientos.
La presencia constante del misterio pascual en la vida de Francisco alcanzó su punto culminante en el Monte Alverna, donde, por medio de las llagas, se hizo realidad su conformidad con Cristo crucificado y resucitado, a quien había encontrado bajo la apariencia del Cristo seráfico. Por último, su muerte en la Porciúncula supuso la culminación de esta presencia del misterio pascual en la vida de Francisco.
A lo largo de su vida, no siguió un camino extraordinario, sino que simplemente vivió el sentido bautismal de la vida cristiana, que consiste en esta participación en el misterio pascual de Cristo. Lo extraordinario de Francisco es su absoluta fidelidad a esta vocación cristiana común y fundamental, que es también la nuestra.
De hecho, también nosotros podemos reconocer que, en distintos momentos de la vida, estamos llamados a participar en el misterio pascual de Cristo, atravesando con fe las dificultades y tribulaciones para alcanzar la paz que viene de Dios.
Al igual que Francisco tuvo que «vivir la Pascua» muchas veces, hasta el final, así debemos hacerlo también nosotros. Este mensaje nos remite al corazón del Evangelio, donde Jesús dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,34-35). Este pasaje del Evangelio, que remite al núcleo del mensaje cristiano y que Francisco vivió en toda su plenitud, nos ofrece también una clave para comprender la época en la que vivimos.
El contexto contemporáneo
Vivimos hoy en un mundo marcado por un profundo anhelo de paz y que, sin embargo, parece precipitarse cada vez con mayor frecuencia hacia la guerra. Nuestra sociedad está a menudo polarizada y dividida; aun así, manifiesta una necesidad cada vez más apremiante de diálogo y comunión. Crece entre nosotros la conciencia urgente de cuidar la creación. También en este ámbito la tecnología podría ofrecer numerosas posibilidades positivas; sin embargo, somos testigos de cómo los recursos de la ciencia y de la técnica se ponen con frecuencia al servicio de un consumismo destructivo. Al mismo tiempo, las personas buscan relaciones auténticas y sienten la necesidad de comunicarse con sinceridad. No obstante, los medios tecnológicos que podrían favorecer estos vínculos se utilizan a menudo de manera inadecuada, y el ritmo frenético de la comunicación contemporánea corre el riesgo de volver nuestras relaciones cada vez más impersonales e incluso conflictivas.
La Pascua es signo de esperanza Es precisamente en este mundo, el mundo en el que vivimos, donde celebramos este octavo centenario de la Pascua de Francisco. Como hemos dicho, también hoy Francisco nos señala la Pascua de Cristo, la única que tiene el poder de transformar nuestras vidas y el auténtico signo de esperanza para discernir el futuro que Dios ha previsto para cada uno y para el mundo entero.
Jesús nos dijo: «En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» ( Jn 12,24-25).
La muerte de Francisco nos muestra cómo, hasta el final, quiso ser una semilla caída en la tierra que acepta morir para dar fruto. Francisco confió plenamente en la promesa del Señor, aceptó perder su vida, siguiendo la lógica de la Pascua de muerte y resurrección, y Dios lo convirtió en semilla fecunda de vida para una gran familia, que somos todos nosotros.
Lo que se ha cumplido en Francisco pone de manifiesto la fuerza vivificadora de la Pascua de Cristo, y queremos que también se cumpla en todos nosotros, que seguimos al Señor Jesús inspirándonos en la forma en que lo hizo Francisco.
La mirada hacia el futuro
Al acercarse su muerte, Francisco pronunció una frase que también nos concierne a nosotros, que celebramos este centenario: «He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra» (2Cel 214). Es una clara invitación a volvernos hacia Cristo: al contemplar la Pascua de Francisco, él mismo nos remite a la de Cristo y al misterio pascual que estamos llamados a vivir en nuestra vida. La celebración de este acontecimiento, ocurrido hace ochocientos años, no solo nos hace mirar hacia atrás, sino que, sin duda, nos remite al futuro que nos espera y que Dios nos está preparando.
Por eso, la Familia Franciscana ha decidido no celebrar una ceremonia de clausura del Centenario: este debe permanecer abierto al futuro, para que continúe dentro de nosotros, en nuestro testimonio, en nuestra credibilidad evangélica y —¡si Dios quiere!— en nuestra santidad.
En el mundo contemporáneo, marcado por las tensiones y contradicciones que hemos mencionado, queremos ser un signo de esperanza. Allí donde soplan vientos de guerra, queremos ser un soplo de paz; en un mundo polarizado y dividido, queremos dar testimonio de que la fraternidad es posible; en un contexto tecnológico y consumista, queremos ser una llamada a la sobriedad y al cuidado de la creación; en una sociedad en la que las relaciones corren el riesgo de volverse cada vez más impersonales, queremos cuidar, entre nosotros y con todos, las auténticas relaciones humanas; en un mundo en el que la verdad se ve a menudo sometida a intereses y estrategias comunicativas, queremos promover una ecología de la comunicación (MH 137).
También el Capítulo General que los frailes menores celebraremos el año que viene en Vietnam —en el que participarán por primera vez también algunos laicos— quiere estar abierto al futuro de Dios, a ese Reino que Jesús vino a inaugurar y que Dios está preparando misteriosamente incluso en la agitada historia de nuestro tiempo. Las palabras de Jesús: «Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20), nos fortalecen en esta esperanza.
Comencemos, hermanos
Mirando a Francisco, en este centenario aún podemos contemplar su gran testimonio: al aceptar su invitación, queremos aprender de Cristo lo que debemos hacer. Y como él dijo en los últimos días de su vida: «Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues escaso es o poco lo que hemos adelantado» (1Cel 103).
¡Les deseamos que vivan con especial alegría la fiesta de San Francisco en este año centenario! Que, fijando la mirada en él —quien, al igual que Jesús, hizo de su muerte un don de amor para el Padre y para los hermanos—, también ustedes puedan transformar su vida en un canto de alabanza y agradecimiento al Señor.
Fraternalmente,
Fr. Massimo Fusarelli OFM
Ministro general
y los hermanos del Definitorio general
Roma a 24 de septiembre de 2026
Prot. 115571/MG-117-2025


