Pestaña

lunes, 10 de agosto de 2026

Carta del Ministro Provincial por Santa Clara

Fray Joaquín Zurera Ribó, OFM
Ministro Provincial

A las Hermanas Pobres de Santa Clara de esta circunscripción
Sus sedes

«Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo
Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin;
y os ruego, señoras mías, y os aconsejo, que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza.»
(UltVol 1-2)

    Queridas hermanas, a las que el Altísimo y Sumo Bien os ha confiado el don de la vocación en la forma de vida iniciada por Francisco y Clara de Asís: El Señor os dé la paz.

    La Pascua de san Francisco fue un momento significativo para el Asís de su tiempo y para los hermanos y hermanas que lo había seguido. El perfecto seguidor de Cristo hará realidad su deseo: morir en la Porciúncula, donde todo nació; en aquella iglesita donde también la hermana Clara, al huir de la casa paterna aquel Domingo de Ramos, fue consagrada al Señor, antes de ser llevada a un monasterio donde pudiera estar segura y empezar a vivir el estilo de vida que aprendió de Francisco.

    Al día siguiente de su tránsito se organiza el cortejo festivo hacia la sepultura, en que, como narra Tomás de Celano, llevando los hijos al padre y siguiendo la grey al pastor de todos que marchaba delante, llegaron al lugar donde primeramente había plantado él la religión y orden de las vírgenes y Damas Pobres, y lo depusieron en la iglesia de San Damián, morada de las mencionadas hijas, que él había conquistado para el Señor. El padre se encuentra con sus hijas, las que unos años después de su conversión se sintieron atraídas por esa nueva forma evangélica que privilegiaba una vida de penitencia en misión, vivida en fraternidad y pobreza, mientras que Clara y sus hermanas acompañarían la misión en el mismo estilo de vida desde el recogimiento, en alabanza continua y escucha sosegada.

    El mismo Tomás de Celano, al referirse en 1228 a Clara y sus hermanas, destaca siete cualidades del ejemplo de su vida: por encima de todo, la mutua y continua caridad que hace de ellas una sola alma; y continúa señalando las otras seis: la humildad, la virginidad y castidad para meditar las cosas celestiales, la altísima pobreza, la mortificación y el silencio, la paciencia y finalmente la contemplación, de la que aprenden lo que hacer o lo que deben evitar, y saben vivir felices con el alma en Dios, aplicadas a las divinas alabanzas y oraciones.

    Siguiendo el deseo del bienaventurado Francisco manifiesto en su Última Voluntad, lo esencial de nuestra vida está en la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo y su Santísima Madre. Y mirarnos en este espejo nos lleva a buscar lo que es esencial a nuestra vida y aportar a nuestro mundo aquello que más necesita, como un ramillete de frescura para compartir con él:

1.    Vivir en la caridad, para generar lazos de familiaridad en un mundo donde desgraciadamente se fragmenta la institución familiar, y así mostrar exteriormente con las obras el amor que interiormente se tienen (cf. TestCl 59).

2.    La opción por una vida en pobreza y humildad, siguiendo por amor de aquel Dios, que pobre fue colocado en un pesebre, pobre vivió en este mundo y desnudo permaneció en el patíbulo (TestCl 45). Así, en lugar de buscar eficacia y éxito, seguimos la lógica del Evangelio, que es la no-eficacia, la no-espectacularidad, pues somos agraciados y enriquecidos por el amor de Dios, lo único necesario, y no nos apegamos a nada más.

3.    Clara, frente al ruido que distrae y genera una ruptura interior en la condición humana, para andar distraída y enredada en un mundo de múltiples esclavitudes que no nutren la vida, vive en la consagración de su virginidad una altísima contemplación, y en el silencio de la clausura alcanza ese encuentro interior con uno mismo y con Dios que mueve a optar por el querer de Dios y renunciar a lo que nos aparta de Él. La felicidad, tan deseada por el ser humano, es justamente en Dios donde Clara la halla, por lo que no necesita nada que la pueda distraer, apartar o apagar su consagración a Dios. Así, con ojos nuevos, puede gritar libremente: «¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado!» (cfr. Proc III,20).

4.    Todo este proceso requiere de una fuerte dosis de paciencia, la que tantas veces se pierde en nuestro mundo y que mueve a romper todo compromiso a la menor dificultad. Sin embargo, el ejercicio de la paciencia es tan necesario en todos los aspectos: paciencia con uno mismo para aceptarnos en nuestra propia realidad; paciencia con el otro, que es hermano o hermana, y que en la adversidad puede ser fácil tentación para buscar la huida personal, cuando se deja de amar al hermano, a la hermana, en clave de misericordia; y paciencia con los tiempos de Dios, que no son los de la inmediatez, sino los del cuidado, la espera y la confianza plena.

    Felicidades a las Hermanas Pobres, y gracias por lo que hemos podido compartir en este Año jubilar en los varios encuentros programados. Así os lo deseo a todas con las palabras finales de la madre Clara en su bendición: Amad siempre a Dios, amad vuestras almas y las de todas vuestras hermanas, y sed siempre solícitas en observar lo que prometisteis al Señor. El Señor esté siempre con vosotras y que vosotras estéis siempre con Él. Amén (BenCl 14-15).

 Madrid, 9 de agosto de 2025

 Prot. N.º 062 / 2026