Pestaña

sábado, 23 de mayo de 2026

Carta de Pentecostés del Ministro general 2026

MÁS ALLÁ DE LOS CENTENARIOS: 
EL ESPÍRITU QUE DA LA VIDA

A todos los Hermanos Menores de la Orden
A las Hermanas Clarisas y Concepcionistas
A las Hermanas Franciscanas afiliadas a la Orden
A los laicos y laicas franciscanos

 
Estimados Hermanos y Hermanas

 ¡El Señor les dé la paz!


Estamos viviendo en el corazón del octavo centenario del encuentro de san Francisco con la hermana muerte. Nos hemos preparado a lo largo de tres años, recorriendo de nuevo los últimos tramos de su camino: la Regla y la Navidad de Greccio, la impresión de las llagas en el Alverna, el Cántico de las criaturas, hasta su muerte. 

Me parece importante decir una palabra que nos ayude a captar la unidad de este recorrido, para que el Centenario no se cierre como una celebración más, sin dejar huella. Veo el riesgo de monumentalizar la figura de Francisco, fijando como en una instantánea algunos aspectos de su historia y perdiendo de vista el movimiento interior que los unifica. Es precisamente aquí donde reencontramos el don que el Señor, en el Espíritu, hizo a la Iglesia y al mundo a través de Francisco de Asís: su carisma.

Por eso me dirijo a ustedes con esta carta al comienzo de la Novena de Pentecostés. Invoquemos al Espíritu Santo vivificador, Ministro General de la Orden, para que nos abra a su luz y a su fuego en una nueva vitalidad evangélica. ¡Cuánto lo necesitamos, todos nosotros en la Familia Franciscana y el mundo con nosotros!

 



 El Espíritu del Señor que da la vida

Para orientar nuestra mirada necesitamos un criterio. Reflexionando, me parece que, para Francisco, este fue simplemente el Espíritu del Señor que da la vida. Se abrió a su «santa operación»[1], lo reconoció presente en sí mismo y a su alrededor, no tuvo miedo de seguir su suave inspiración.

El Espíritu muestra a Francisco el Evangelio como una forma de vida en búsqueda del rostro del Señor, itinerante y pobre, libre para el anuncio, fraterna y solidaria con todos, especialmente con los pobres. Es esta presencia operante del Espíritu la que él contempla y recibe en las diversas etapas de su camino, y que hoy pedimos reconocer de nuevo también para nosotros, en las diversas condiciones de vida en las que nos encontramos.

 

 Fontecolombo: la libertad del Espíritu en la letra


En Fontecolombo Francisco, como hábil artesano, libera el Espíritu en la letra de la Regla: vivir según el Evangelio de Jesús en obediencia, sin nada propio y en castidad, como hermanos y menores[2]. El camino para llegar a este texto fue largo y excavó profundamente en Francisco: él y sus hermanos atravesaron la crisis de una fraternidad que crecía y se transformaba, con la pregunta de cómo custodiar viva la chispa originaria en formas cada vez más articuladas.

 

 Greccio: el amor de Dios se manifiesta en nuestra carne


En Greccio, según Celano, se cierra la primera parte de su vida, cuando Francisco contempla el Evangelio hecho carne en la humildad de su encarnación y en la sencillez de la creación[3]. Reconoce que la carne, la materia, la historia concreta de los hombres son el lugar donde Dios elige habitar. En la Eucaristía «Ve que diariamente se humilla… cada día él mismo viene a nosotros en humilde apariencia»[4], suscitando en nosotros una vida pobre y sencilla. En Greccio Francisco aprende que toda la realidad es capaz de manifestar algo del misterio de Dios.

 

  El Alverna: la vida que pasa a través de las llagas


En el monte Alverna, Francisco abre tres veces el Evangelio y en la prueba experimenta el soplo del Espíritu que da la vida. Se reconoce «gusano vilísimo e inútil siervo »[5], envuelto en una gran oscuridad interior. Precisamente allí, la vida le es restituida por el encuentro con el Crucificado glorioso, que lo alcanza en la evidencia de su pobreza. El Serafín le muestra que la verdadera vida pasa a través del don de sí hasta el final. Los estigmas no borran sus preguntas, sino que lo unen más profundamente a Cristo y le revelan que la vida nueva nace también del dolor ofrecido.

 





 San Damián: la alabanza que nace de la noche



En San Damián, Francisco vive el Evangelio en la noche del dolor, la enfermedad y la ceguera. La oscuridad de la prueba es el seno que genera la intuición del Cántico, cuando el Espíritu de la vida lo abre a la alabanza. Francisco convoca al otro Evangelio, el libro de todas las criaturas, para que lo socorran al pronunciar el nombre de Dios[6]. El Cántico nace en esta noche luminosa en el dolor[7] y continúa en la exhortación a las hermanas de San Damián[8], se prolonga hasta la estrofa del perdón, y Francisco quiere escucharlo aún antes de morir, continuando a componerlo y cantarlo, alabando ahora al Señor precisamente por «nuestra hermana muerte corporal».

 

 La Porciúncula: la muerte como Pascua


En la Porciúncula, la muerte de Francisco, culmen de su camino de seguimiento del Hijo de Dios, celebra la Pascua del Señor, sobre todo a través del don de las relaciones fraternas. Se deja rodear por los hermanos como se hace por una madre y pide escuchar el pasaje del Evangelio donde Jesús lava los pies[9]. El encuentro con la muerte, a la que por eso llama «hermana», le abre el umbral de «un lugar sumamente delicioso, donde corrían aguas limpidísimas»[10]. Así Francisco pasa de esta vida a la Vida.
 
 

 ¿Qué nos queda a nosotros?


¿Qué nos queda a nosotros de la vida iniciada con Francisco y crecida a través de tantos hermanos y hermanas en el tiempo? La chispa que aferró y transformó a Francisco sigue aún hoy haciéndolo semilla de vida para todas las generaciones. Y nosotros, frailes, hermanas y laicos franciscanos en el mundo, ¿dónde estamos?

Dejémonos interrogar por esta pregunta, con honestidad, porque es aquí donde el don del Espíritu que llamamos «carisma» puede crecer. Pero ¿basta custodiarlo en los santuarios, en las tradiciones que se repiten, en los lugares que nos transmitimos, sin preguntarnos si puede manifestar en nuestro tiempo lo que aún no ha dicho? Francisco fue llamado por Tomás de Celano «hombre del mundo futuro»[11]: la vida que en él tomó forma no ha agotado todas sus potencialidades y nos orienta hacia el futuro de Dios.
 
 

 Más allá de toda monumentalización


He aquí lo que necesitamos para que el camino continúe más allá del Centenario: no oponer resistencia a la vida iniciada con Francisco, dejarle tomar formas inéditas. El mismo Espíritu que la suscitó continúa animándola para que tome forma hoy.

No podemos entonces evitar una pregunta: ¿qué fraile menor, hermana contemplativa, laico franciscano dibuja y suscita hoy el don del carisma? ¿A qué franciscano/a queremos formar, a nosotros mismos y a quienes aún llaman a nuestras puertas? Planteémonos estas preguntas en los muchos y diversos contextos en los que buscamos responder al don de nuestra vocación. En efecto, esta vida, inserta en las diversas culturas e historias en las que estamos presentes, puede recibir formas y lenguajes nuevos si estamos dispuestos a reconocerla también en los otros: en el hermano que viene de un mundo diferente al mío, en la hermana que ha aprendido a rezar en una lengua que no conozco, en la comunidad que ha encontrado expresiones del carisma que yo no había imaginado.

Otro espacio decisivo es el contacto vivo —a menudo sufrido— con la historia dramática que estamos viviendo. Pienso en los hermanos y hermanas en Tierra Santa, en Ucrania, en el este del Congo, en Sudán y Sudán del Sur y en otros lugares de África, en Myanmar, en Haití, en Cuba, en México como en otros países de América Latina: lugares donde el carisma está llamado a crecer hoy, no como respuesta abstracta sino como presencia concreta y solidaria.

 



 Contemplativos en misión, juntos como hermanos y menores

En nuestra historia, los movimientos de reforma partían siempre de lo que Francisco mantuvo unido y que nosotros arriesgamos separar: la contemplación y la misión. No son dos opciones alternativas, dos «modelos» de vida franciscana entre los que elegir. Siguen siendo los dos pulmones de un único respiro. La predicación, la presencia y el servicio no privaban a Francisco del desierto: él volvía siempre a tiempos prolongados de retiro. El Espíritu que da la vida es el mismo que lleva a mirar el rostro de Dios y el rostro del pobre, y los revela inseparables.

Necesitamos reencontrar esta unidad también hoy, nosotros hermanos y hermanas en las estructuras que vivimos y en las que construimos en los países de nueva presencia, los laicos franciscanos en sus condiciones ordinarias de vida. No todas las estructuras ayudan: es un discernimiento necesario, que hay que hacer juntos con honestidad, para que silencio y servicio, oración y cercanía puedan respirar juntos.

En esta misión no estamos solos. Los laicos franciscanos, las hermanas, cuantos comparten nuestra inspiración evangélica son compañeros de camino, no destinatarios de nuestra cura pastoral. Francisco no fundó una institución clerical: reunió en torno al Evangelio a hombres y mujeres de toda condición. Las nuevas formas de vida franciscana que el Espíritu suscita en este tiempo nacen del encuentro con la realidad concreta y de la identidad profunda de lo que somos: hermanos y menores, contemplativos en misión.

 

 La opción por los pobres: nuestros maestros


En el corazón de nuestro carisma hay una opción que Francisco nunca atenuó:

«Y deben gozarse cuando conviven con gente baja y despreciada, con los pobres y débiles, con los enfermos y leprosos, y con los mendigos o que están a la vera del camino»[12]. Al final de su vida quería volver precisamente entre los leprosos[13]. Plantó en nosotros este germen: vivir como, entre y para los pobres. No como benefactores que se acercan con benevolencia, sino como hermanos que comparten la condición. Los pobres no son el “campo” de nuestra misión: son nuestros maestros[14]. Francisco lo comprendió en el encuentro con el leproso, que le restituyó el gusto de la vida y cambió para siempre la forma de su mirada. Y de allí no volvió nunca atrás.

Esta opción no es una entre otras, una sensibilidad que algunos tienen y otros no. Es un criterio vocacional. Vale para todos en nuestra gran familia. Permítanme ahora dirigirme de una manera particular a mis hermanos de la Orden. Quien se reconoce llamado a ser hermano menor acepta que la minoridad no es un título honorífico, sino una posición real: estar abajo, con quien está abajo, sin buscar subir. Cuando en nuestra vida se manifiesta de diversos modos el deseo de ascenso social —de mayor reconocimiento, de estatus más elevado, de protagonismos individuales o de grupo— es allí donde el carisma es contestado en los hechos, aunque se proclame de palabra. La minoridad es criterio de vocación y criterio de misión: nos dice de dónde partimos y con quién caminamos.

Preguntémonos, con franqueza fraterna: nosotros con nuestras fraternidades, ¿somos realmente cercanos a los pobres, o la distancia ha crecido con el tiempo, cubierta quizás por obras institucionales que funcionan pero que ya no requieren el contacto directo? El encuentro vivo, personal, cotidiano con quienes están al margen es una de las formas más verdaderas en las que el carisma se mantiene vivo y reconocible.

 

 Libertad evangélica: trabajo, dinero, dependencia


Hay un nudo que no podemos eludir, porque toca la coherencia de nuestra vida y su anuncio: la relación con el dinero. Esto nos toca a todos, hermanos, hermanas y laicos, cada uno de modo diverso. Francisco hizo de ello una de las cuestiones más radicales de su experiencia evangélica. No por desprecio de las cosas creadas —él que cantaba la belleza de toda criatura— sino porque había comprendido que el dinero, cuando se convierte en seguridad, se transforma en una forma de poder y de defensa ante lo que asusta. Lo retenemos como propiedad, mientras hemos pro- metido vivir sin nada propio.

Estamos llamados a mirar con honestidad este nudo en nuestra vida concreta. ¿Qué relación tenemos con el dinero y cómo lo gestionamos, individualmente y en fraternidad? La disponibilidad de recursos, incluso cuando se usa para obras buenas, puede convertirse poco a poco en un muro invisible entre nosotros y los pobres, en la misma fraternidad entre quienes tienen más acceso a ellos y quienes menos. He aquí una forma de seguridad que nos aleja de la dependencia evangélica que Francisco elegía como estilo. Esta es una cuestión abierta, que debemos plantearnos con fuerza en nuestras fraternidades.

Francisco liga todo esto a la prioridad del trabajo con las propias manos como forma fundamental de sustento. Trabajar no es una concesión a la necesidad: es una opción que nos mantiene en la realidad como criaturas, que nos hace dependientes de la vida común y no de posiciones adquiridas, como pobres y no como señores. El riesgo opuesto —vivir de lo que recibimos sin ofrecer a cambio ninguna forma de trabajo, asumiendo un derecho pasivo al sustento— dice que estamos lejos del carisma, y que arriesgamos no recibirlo más como don del Espíritu. Los laicos pueden ayudarnos a descubrir y vivir mejor esta dimensión.

Hay finalmente una palabra de Francisco que resuena de modo particular: todo lo que tenemos es un don, no nos pertenece, solo lo hemos recibido. Nuestro ser, los bienes que gestionamos, las estructuras que habitamos, los recursos que utilizamos: son un don que se nos da en préstamo. No podemos retenerlos para nosotros, sino que estamos llamados a restituirlos, y el verdadero destinatario es el pobre: «Y la limosna es la herencia y justicia que se debe a los pobres adquirida para nosotros por nuestro Señor Jesucristo»[15]. Restituir a los pobres lo que solo hemos recibido es el gesto más elocuente de nuestra vocación: dice que no tenemos miedo, que nos fiamos del Padre como Francisco nos muestra.

 

 Hacia el Capítulo general


Ir más allá del Centenario no significa descubrir algún monumento más y archivar también este capítulo. Significa no cansarnos de responder al don de esta vida que el Espíritu hizo brotar de Francisco, dejándonos tocar e incluso perturbar, para que tome cuerpo hoy. Esta vida nos libera de la identificación excesiva entre el carisma recibido y los modos, las tradiciones, las estructuras en las que ha tomado cuerpo a lo largo de los siglos. Francisco respiró en el Espíritu la libertad del Evangelio: no nos defendamos de su soplo. Sigamos dándole carne, para que pueda expresarse en nuestras opciones, en nuestro anuncio, en el estilo auténtico de nuestras fraternidades.

Comencemos a prepararnos todos juntos para el Capítulo general 2027 en Vietnam. Parece un evento lejano en la vida cotidiana de los hermanos. En esta hora de la historia es vital sentirnos y actuar cada vez más como fraternidad internacional. En la preparación del Capítulo participarán frailes, las fraternidades locales, las Entidades y las Conferencias. Invitaremos también a Vietnam, para una semana común, a dos laicos de cada Conferencia, para escuchar su voz y su mirada hacia el futuro. Sea entonces un camino para dar voz a esta vida presente entre nosotros, aunque a menudo sea como una brasa muy tenue bajo la ceniza. Sea una oportunidad para reavivarla y hacerla arder. Esta vida urge en nosotros, abre puertas donde todo parecía ya cerrado, nos orienta hacia el futuro que Dios está ya tejiendo en el trabajo de este tiempo, que nos educa como nunca a una laboriosa esperanza.



 El mundo espera


No vale solo para nosotros. La Iglesia necesita esta expresión del Espíritu para vivir plenamente su vocación y misión. Y el mundo —también a través de tantas mujeres y hombres que no se reconocen en ninguna pertenencia religiosa— nos pide que liberemos esta vida que llevamos, para que haya lugares donde se pueda percibir ese latido que habita en toda criatura y la conduce a su cumplimiento en la vida misma de Dios.

 


Oremos juntos:

        Ven Espíritu Santo,
        sobre este pequeño pueblo de hermanos, hermanas y menores.
        Enciende de nuevo en nosotros, con la llama de tu amor,
        una fe recta, una esperanza cierta y una caridad perfecta.
        Transforma nuestra voluntad y nuestro corazón
        para que no retengamos el don recibido:
        que se convierta en vida ofrecida.
        Santa María, Virgen hecha Iglesia, 
        acompáñanos en este camino.
        San Francisco, hombre del mundo futuro,
        recuérdanos que el Evangelio es aún hoy nuestra única riqueza.
        Amén.
 
Hermanos y hermanas, les deseo una luminosa fiesta de Pentecostés. Que el Espíritu, verdadero Ministro General de la Orden, nos guíe juntos hacia esa vida plena que es el deseo más profundo del corazón de cada criatura

Su hermano y siervo,
 
Fr. Massimo Fusarelli OFM
Ministro general

 

Roma, desde la Curia general de la Orden, 13 de mayo de 2026
Prot. 115201/MG-048-2026

 

 

 

[1] Regla Bulada 10,8.
[2] Regla Bulada 1,1.
[3] Tomás de Celano, Vida primera, cap. 30.
[4] Admonición 1, 16. 17.
[5] Las Florecillas, Consideración III sobre las Llagas
[6] Cfr. Leyenda de Perusa, 83.
[7] Cfr. Idem.
[8] Audite poverelle. Palabras con melodía para las señoras pobres del monasterio de san Damián.
[9] Tomás de Celano, Memoriale in desiderio animae, 214.
[10] Ibídem, 219.
[11] Cfr. Vita beati Francisci, 30; Leyenda de los Tres Compañeros, 54.
[12] 1R 9,2.
[13] Cfr. Tomás de Celano, Vita prima, 103.
[14] Cfr. CCGG 93,1.
[15] 1R 9,8.