Jornada de Oración y Penitencia por la Paz y la Reconciliación
A todos los Hermanos Menores, a las Hermanas Clarisas, a las Hermanas Concepcionistas, a las Hermanas Franciscanas y a los Laicos Franciscanos de todo el mundo
Queridos hermanos y hermanas,
¡El Señor les conceda la paz!
La Semana Santa nos llama a permanecer al pie de la Cruz, como discípulos que reconocen en el Crucificado el rostro de todo hombre y de toda mujer que sufre, el clamor de cada pueblo que implora justicia, el silencio de Dios que carga sobre sí el mal del mundo para transformarlo desde dentro.
En este año en que celebramos el Centenario franciscano —ochocientos años del Tránsito de Francisco, de aquella muerte pobre y gozosa en Asís que fue su última palabra al mundo— siento la necesidad de dirigirme a toda nuestra familia para pedirles que vivan con mayor intensidad y amor este Viernes Santo como una jornada común de oración, ayuno y penitencia —en comunión con toda la Iglesia— para implorar la paz, la reconciliación y la justicia.
En comunión con Jerusalén y la Tierra Santa
Hay un lugar que pesa de manera especial en el corazón de muchos: Jerusalén, la ciudad de la paz —Ir Shalom— que desde hace demasiado tiempo lleva en sí lo contrario de su nombre. Toda la Tierra Santa y el Medio Oriente viven una situación que nos preocupa profundamente, no solo por sus consecuencias inmediatas, sino también por lo que anuncia para el futuro de la humanidad.
Por voluntad expresa de la Sede Apostólica, estamos presentes como Custodios de los Lugares Santos desde hace siete siglos, y permanecemos allí en espíritu de servicio en su nombre.
Puedo testimoniar que nuestros hermanos de la Custodia de Tierra Santa habitan cada día esta realidad con fidelidad y discreción y permanecen firmes en ella: no desean presentarse como víctimas ni alzar aún más voces que ya son demasiado altas. Quieren ser —y lo son— buscadores perseverantes de reconciliación, de diálogo y de sensatez humana. Esta es nuestra vocación en esa tierra: servir y custodiar en nombre de toda la Iglesia.
No tomamos partido contra nadie. Tomamos partido por la paz y por los más pequeños, los más indefensos ante las lógicas de los poderosos de este mundo. Y lo hacemos con obstinación, con tenacidad y evangélicamente. Porque la paz no es una posición política: es el nombre de Dios que espera resonar en las calles de cada ciudad herida, en el corazón de toda persona que quiere vivir y no morir.
Nuestra arma desarmada
Francisco de Asís fue al encuentro del Sultán sin armas, sin ejércitos, sin otro capital que el Evangelio y la fraternidad. No obtuvo una paz inmediata. Pero abrió una brecha que el tiempo no ha cerrado. Esa brecha estamos llamados a mantener abierta hoy, ochocientos años después.
Nuestra arma desarmada es la oración. A ella añadimos el ayuno —una opción libre de privación que nos hace solidarios con quienes lo han perdido todo— y la conversión: a palabras de paz donde se siembra división, a gestos de reconciliación donde se levantan muros, a decisiones valientes donde sería más fácil callar.
Un clamor en nombre de muchos
Les pido, hermanos y hermanas: vivamos juntos esta Semana Santa y, en particular, el Viernes Santo como un día de ofrenda y de clamor a Dios. En nombre de quienes no tienen voz. En nombre de los niños que no han elegido la guerra, de los ancianos que recuerdan cuando había paz, de quienes —cristianos, judíos, musulmanes— aún creen que Dios quiere para esta tierra algo distinto de lo que nuestros ojos ven.
Pensemos de manera especial en la Tierra Santa, pero que nuestra mirada abarque todas las situaciones de conflicto en el mundo —en África, Asia, América Latina, Europa— donde también nosotros, franciscanos y franciscanas, estamos presentes como testigos de esperanza. Donde hay una fraternidad franciscana, está llamada a ser fermento de paz.
El Crucificado no nos pide resolver lo que no podemos resolver. Nos pide no volver la mirada. Permanecer al pie de la Cruz —como María, como Juan, como las mujeres del Evangelio— y no dejar de creer que la última palabra no es la muerte, sino la vida.
La paz es posible. Nosotros creemos en ella. Y lo proclamamos con nuestras vidas pobres, con nuestra oración, con nuestra presencia.
Los abrazo a todos con afecto fraterno.
Fr. Massimo Fusarelli, OFM
Ministro general
Roma, 30 de
marzo de 2026
Lunes Santo
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