La muerte se convierte en hermana
A los Hermanos de la Orden. A las
Hermanas Clarisas y Concepcionistas
A las Hermanas Franciscanas afiliadas a la
Orden. A las laicas y laicos franciscanos
¡Que el Señor les dé la paz!
Este año se cumple el octavo centenario de la muerte de san Francisco. En este contexto, celebramos la Pascua del Señor con una conciencia renovada: Francisco, aunque murió el 3 de octubre de 1226, lejos del tiempo litúrgico pascual, experimentó su muerte como una verdadera Pascua, hasta el punto de llamarla “hermana”.
Hay un gesto elocuente que lo atestigua: Francisco quiso escuchar el capítulo 13 del Evangelio de Juan, el relato del lavatorio de los pies, que habla de servicio y humildad. En ese momento supremo, ya había traspasado el umbral de la muerte, habitando en el corazón mismo del misterio pascual de Cristo. Actualmente vi- vimos en una época llena de incertidumbres: los cambios geopolíticos, las guerras que desgarran a pueblos y naciones, así como las crisis en nuestras sociedades nos desafían. Es fácil buscar consuelos superficiales ante tales dificultades. A pesar de ello, Francisco nos enseña otro camino.
Nuestro Hermano aprendió, desde el inicio de su conversión, a no huir de la muer- te. Al encontrarse con los leprosos comenzó a entregarse a Dios, superando el miedo. De este modo afrontó su condición de criatura y aceptó los límites que le son propios. Allí experimentó cómo lo amargo se transformaba en dulzura. ¡Cuántas veces realizó este mismo recorrido en los pequeños, en los pobres y en sus propios
hermanos! Así fue preparado para el encuentro final: eligió morir desnudo sobre la tierra desnuda, siguiendo a su Maestro. No negó sus propias fragilidades –los estigmas, la enferme- dad, la ceguera, los conflictos con los frailes y en la Orden– y deseó no la desaparición de sus miserias y las ajenas, sino la gracia que las transfigura (Simone Weil).
El evento de la Transfiguración, que marca el itinerario cuaresmal, no interrumpe el camino hacia la cruz. No elimina el conflicto, ni suspende la historia, sino que revela su significado profundo. Así, Francisco, en el monte Alvernia y agonizando en la Porciúncula, descubrió la luz a través de las heridas, cantó la vida mientras moría con las palabras del Cántico, transformando la muerte misma en un acto de amor y servicio.
Hoy, en un momento histórico agitado que se asemeja a los dolores de parto, estamos llamados a reconocer que las tinieblas no tienen la última palabra. En ellas podemos descubrir los signos de resurrección que el Señor siembra. Como Francisco, podemos convertirnos en testigos de una esperanza que supera el optimismo superficial, porque atraviesa la oscuridad gracias a una luz que nos alcanza y cambia nuestra mirada. La elección de Francisco de escuchar el relato del lavatorio de los pies en el momento de su muerte nos interpela profundamente. Nos muestra que la Pascua no es un simple período del año, sino una forma de existencia. Vivir en clave pascual significa abrazar cada momento de la vida, desde la alegría hasta la fragilidad y la muerte. Es aquí donde aprendemos a salir de nosotros mismos, a agacharnos para lavar los pies de nuestros hermanos, especialmente aquellos más sucios y heridos: esta es la clave para atravesar cada tiniebla.
Nuestras fragilidades, las crisis en nuestras comunidades y las contradicciones de nuestro tiempo no son obstáculos para la Pascua; son el lugar donde ella se cumple. Francisco nos hace tocar con las manos que cada muerte puede hacerse hermana si se vive con el corazón y las manos de Cristo, Siervo y Señor. En este año centenario, mientras recordamos la muerte pascual de san Francisco, imploramos la gracia de vivir nuestra Pascua cotidiana con libertad y abandono. Pedimos la sabiduría de reconocer, en los signos de los tiempos que nos asustan, los dolores de parto de un mundo nuevo que está naciendo. Oramos para poder finalmente entregar nuestra vida al Padre y a los hombres que Él ama y quiere que sean felices.
Que el Señor crucificado y resucitado, a quien Francisco amó y siguió, nos ilumine y en el Espíritu transforme nuestros miedos en confianza, nuestras heridas en brechas de luz.

